Tercera confesión de Ananías

Benhur Sanchez Suarez
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Te voy a contar mi vicio solitario, Geneviéve: escribo. No sólo ensayo a preparar platos para encantar la soledad y soñar que estás conmigo. No sólo pinto extravagancias invisibles para buscar permanecer en tu corazón, que es amplio, generoso, como las uvas prohibidas, y sacian la sed de muchos ojos.

También escribo.

Como me lo predijo una bruja amante de los astros, si no escribiera mataría ratas en las calles, robaría ancianos en las puertas de los edificios o en los conjuntos cerrados o acecharía jovencitas en los callejones para seducirlas y escuchar con placer el eco de sus gemidos. O estaría en la cárcel a la espera del momento propicio para escapar y poder ejecutar delitos más atroces. Seguramente sería feliz, a mi manera, viviría entre prostitutas y bandidos, mandaría a matar a quien no comiera mis platos o se atreviera arrebatarme la víctima del día. No circularían mis libros ni mis pinturas, pero sería famoso en burdeles de alto rango y respetarían en la calle mi figura.

Pero no fue así, Geneviéve. Tomé por fortuna el otro camino. Los dioses quisieron que guiara mis pasos por la fantasía y en ella esperara a que los monstruos que me habitan se cambiaran por colores, signos, voces ocultas e historias de amores y tragedias. Mi neurosis y mi maldad interior se han ido por el teclado detrás de un personaje imaginario, tal vez igual de sanguinario al que no fui y del que hui cantándole alabanzas a mis dudas. En él desbordo mi sed de vida, mis lamentos, mis conceptos, parte de mi biografía, algo de mi infancia, porque, sin remedio, quienes escribimos estamos condenados a reflejar lo que somos, nuestra propia historia, en cualquier línea que empecemos.

Ahí va quedando la existencia de seres invisibles que parecerán estar en cualquier parte, detrás de un café perdido en la neblina o en una calle sin pasado ni futuro. Es inevitable. Pero, además, descubrirlo es cruel, decepcionante. Porque me desgasto por encontrar las palabras precisas, suficientes, en una lucha denodada para que ellas contengan mi sinceridad o mis deseos y, al final, nadie recordará las palabras que usé, los años que gasté buscándolas en la calle, en las casas solariegas, en los prostíbulos, en los cuartos oscuros o en los diccionarios. Sólo recordarán las imágenes. Quizás sólo se conserve un personaje o una actitud suya, bien precisa. Quizás un odio o un amor o una esperanza en las manos de un protagonista, que convivió conmigo muchos años a la espera del momento propicio para hacerse visible entre los hombres. Tamaño desperdicio el que descubro.

Pero los escritores somos diferentes unos de otros por lo que producimos o por los procedimientos que utilizamos para lograrlo. No hay una norma única, quizás ocultas enseñanzas que cada uno guarda como guía. Somos una individualidad, un ego hinchado o deprimido. Cada cual ha encontrado su verdad y está por encima de los otros. Por eso no se toleran, algunos apenas se soportan. No me comparo, Geneviéve. En la fauna literaria hay muchos que son mejores que yo, algunos peores, eso no alienta mis rencores ni apuntala mis retos en la vida. Esa es la verdad y hay en el mundo ficticio una lucha soterrada, muchas veces mezquina, por los privilegios y los reconocimientos. Esa no va conmigo. Prefiero replegarme y seguir sin afanes el camino del olvido.

Sé que no soy yo el que importa, a nadie le interesa si yo existo, es la obra la que queda o se marchita, la que tiende el puente entre mi soledad y la identificación de alguien que encontrará en mis páginas alguna imagen meritoria. Lo demás es una banalidad que me fastidia y remueve mis fantasmas interiores, mi mirada asesina y mi rabia primitiva, que aplaco con sonrisas y una bondad que parece la idiota posición de hijo escogido para los consentimientos o para el sacrificio. Pero escribo, así a los demás les parezca sin sentido.

Y como ya es un vicio, sé que no tengo cura. Ni diosa capaz de detenerme. ¿Por qué escribo tantas idioteces? Exorcizo mis miedos interiores en la escritura para salir limpio y adorarte sin pensar que existe el mundo y es mezquino. Es otro espejismo, Geneviéve.

Es curioso. Siempre he escrito. Desde cuando era mudo (de niño me decían el bobo de la familia), vicio que a veces me agobia y esconde las palabras en mi boca. Ahora lo hago más que antes, porque tu risa me incita a la alegría de escribir, al goce de jugar con las palabras. Tus ojos son el resplandor que guía mis manos y me hacen fluir sin agobio por parajes encantados, muy distintos al universo que trajiné hasta el día en que tus labios me dieron otros bríos y otros significados. Tus labios, frescos y húmedos como los mangostinos, que se cultivan en los llanos de Mariquita, fruta de los dioses, o los mangos jugosos que maduran en cultivos de Chicoral y cuida el sol como un tesoro.

Y aquí estoy, condenado sin remedio a la ficción mientras el mundo gira sin parar, los eclipses son noticia y un virus letal pone en peligro la existencia de la humanidad. Sin embargo, no puedo ir desmadejando para ti una fórmula secreta, Geneviéve, como la preparación de un bagre afrodisíaco o un cuadro que sólo existirá en tu memoria. Para que te des cuenta que, a la postre, las imágenes son más poderosas que las palabras, aunque todo tenga su principio en la voz y en las letras por donde se va veloz lo que sentimos.

Además, tú sabes que es un acto que no se explica, cada quien descubre la manera de resolver los retos del universo que crecen en su interior y pugnan por hacerse visibles en su lenguaje. Tú entiendes el juego de los signos, de los escenarios, de las intrigas y de los desenlaces. Te diría cómo hacerlo si tus ojos no abarcaran en su profundidad la vida y sus afanes, si tu risa no acentuara mi mudez y desbocara mi necesidad de escribir sin pausa ni descanso. Y si tu cuerpo, con su desnudez de hembra en celo, no estuviera en mi imaginación para soñarlo tendido junto a mí y sentir que lo recorro palmo a palmo con mis ojos, mis manos y mi lengua, que lame tu piel como si descubriera el secreto más oculto de la miel sobre tus poros… ¡Ay!, borra esta demencia que me hace desear la desnudez de tus senos en mi boca, maquinar platos exóticos que te rindan a mis pies, ser el sátiro que aúlla en la noche clamando por tu cuerpo…

Pero ahora estoy en el cuento sobre el cuento.

Lo que sucede a mí alrededor despierta de pronto algo en mi interior, dormido por el tiempo, sorpresas coincidentes que me incitan a violar con tachones la blancura de una página. Es algo complejo de explicar. Como me es igual de difícil explicar lo que me sucediera, recién abría los ojos a la vida pública, con aquel coro que Verdi introdujo en su ópera Nabucco, el famoso Coro de los esclavos hebreos, que yo llamé desde entonces la canción de la libertad. De su existencia no tenía ni idea en mi niñez ni en mi juventud, y la primera vez que lo escuché se me encogió el corazón, los ojos se me llenaron de lágrimas y tuve que buscar un escondite para calmar mi desconsuelo. ¿Por qué? ¿Qué acentos, qué tonalidades, qué atmósferas me conectaron con aquellos años, antiguos ya para nosotros? Tal vez en tiempos remotos acompañé a Giuseppe al pequeño teatro de San Benedetto, en Venecia, cargando sus maletas y sus querencias personales. O, mucho antes, fui un esclavo hebreo que clamaba por su libertad del yugo de los babilonios y pedía un canto para mantener viva la llama de la libertad. Y así, con los años, cada pueblo que ansiaba liberarse lo asumía como himno. Sin saber que existían esas voces y esos ritmos, algo removió nostalgias y dolores antiguos, que rondaban por el universo como almas en pena, y se aquietaron en mi cuerpo. Tampoco puedo explicar lo que me sucede cuando escucho un piano y me asalta el presentimiento de haber sido ayudante de Mozart en el Palacio Imperial de Viena, tal vez su sirviente más solícito. Si, recuerdo las arcadas y los pasadizos, las voces de los cortesanos y los violines escondidos en el ala norte del palacio. O, más humilde, siento que tal vez la madera del piano en el que componía sus sonatas fue sacada del árbol que yo fui en el centro de la Selva Negra o en los bosques de los confines de Austria. ¿Reflejo de otras vidas? Ah, uno se va llenando de motivos hasta que llega un momento en que una chispa, que puede ser una mirada o un suceso que te impacta, te remueve lo guardado, te sale a flote en medio del asombro y te impulsa a la escritura.

Así comienza mi historia, Geneviéve.

Y entonces, como estoy convencido de no poder escribir sobre algo que apenas es una idea, debo complementar y comienzo a investigar sobre el tema, como un sapo de ojos sin descanso que croa para llamar la lluvia, vestido de espía o de ratón de biblioteca, hasta que al tema lo maneje con solvencia, como si fuera parte de mí mismo. Todo para lograr la verosimilitud que, tú sabes, trata de convencer con lo que escriba que la historia es cierta, así sea una mentira producto de mis espejismos. Y empezar a armar el rompecabezas de esas vidas, con datos de aquí y de allá, de lecturas sin cronograma y anécdotas escuchadas, pasajes vividos o historias que vuelven como soplos en algún detalle cotidiano, intranscendente para los demás. Así, Geneviéve, el mundo de mentiras en que vivo.

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