De cómo la visita de un escritor huilense, se convierte en el nombre de una biblioteca

Freddy Omar Mizger
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No hay que ser un experto para deducir que los títulos catalogados versan sobre la investigación de la teoría literaria y sus escritores en sus respectivos contextos sociales y culturales. Esta prolífica producción va desde 1972 hasta el año 2015. Hasta el año 2014, yo desconocía ese río temporal de estudios literarios, y por afinidades selectivas del azar o el destino (conceptos filosóficamente sinónimos porque el efecto es igual), ese mismo año supe de sus existencias y los deseé, como se desea una agradable idea sugerida. El puente que me llevó a asomarme a esos libros heterogéneos, fue el proyecto y la realización de una tertulia literaria creada a comienzos de 2014 como docente, junto a mi rectora y otros estudiantes de esa época, pero si nos atenemos a que el presente es el resultado de concatenaciones de causas y efectos del pasado, entonces —evitando “llegar” a un fantasmal comienzo del universo—, debería decir que todo empezó un poco más atrás, en noviembre de 2013, con la llamada de un amigo ofreciéndome, si me parecía una buena idea, trasladarme de Barranquilla, norte de Colombia, a Pitalito Huila. Le dije con temor que sí, y en ese mismo mes la voz de una rectora a través de un móvil confirmó mi futuro contrato como profesor de filosofía y castellano, y mi encuentro con una tertulia que me llevaría a conocer al autor de las obras mencionadas.

Fue a la rectora quien se le ocurrió contactar al escritor y crítico literario de Saladoblanco Huila, para que nos visitara y conversáramos con él sobre lo que más nos unía: la literatura. La cita quedó para uno de los tantos sábados de tertulia a las cuatro de la tarde. A las cuatro y media pensábamos que era típico de los colombianos empezar impuntual porque apenas iban llegando algunos jóvenes estudiantes y adultos. A las cinco, cuando ni siquiera había llegado nuestro anhelado autor, comenzamos a discutir la canción y el poema con los cuales se abrió la tertulia, pero todos sabíamos que pensábamos en él. A las cinco y media la rectora nos comentó que ya venía en camino, que había tenido un percance, algo relacionado con el transporte y sus carreteras, y a las seis vimos entrar por las puertas del salón de un tercer piso, a un señor de barba blanca y gris, acompañado de su esposa y tres amigos más, que después, el tan esperado crítico literario, los presentó como personas del ámbito artístico; uno era un joven escritor producto de sus talleres en la Universidad Central de Bogotá, otro, un poeta samario que rozaba los cincuenta años, y el tercero, de unos cuarenta y tantos años, lo presentó como un actor colombiano. Los dio a conocer con una voz pausada, catedrática, sobria, sobándose no sé si por manía el antebrazo izquierdo con su mano derecha. Jóvenes, adultos y adultos mayores, asistimos a un acto de sabiduría, porque en la parquedad de expresión y palabras, había en su serenidad, repito, antigua sabiduría de estatua griega y de amarillentos pergaminos, y que en otra visita que nos hizo lo reafirmé cuando nos habló de Roberto Burgos Cantor —en ese entonces el escritor cartagenero no había  fallecido— y del eterno James Joyce, en especial ese capítulo del Ulises en que se recrea el desorden atroz de las alucinaciones de Stephen Dedalus en un burdel y sus parroquianos. Al final nos reímos porque nos quedó la sensación de que todo el salón donde nos encontrábamos estaba como ebrio.

Cómo no recordar la decoración del salón; fotografías de Totó la Momposina —quien había sido elegida para abrir la tertulia—, y demás artistas afines pegadas en las paredes. Tímidos jóvenes estudiantes se encontraban sentados en medio de algunos profesores y señoras adultas, entre ellas, la familia Vargas, las reconocidas mujeres artesanas a nivel nacional. Tal vez existan otros detalles que no pude registrar, porque yo también me sentía perdido en una maraña de emociones.

Una vez que el maestro presentó a sus amigos, mientras la suave y discreta presencia de su esposa se mantenía con nosotros como público, escuchamos al poeta samario hablar del arte de crear versos en la poesía, de la respiración del verso como tal, y dio como ejemplo el comienzo del Quijote, ese comienzo donde la coma marca el final de dicha respiración: “En algún lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, […]” Luego su amigo el actor comenzó a hablar de la última película colombiana en la cual había trabajado, aunque sin adelantar gran cosa por el cuidado de no cometer spoiler, pero mi mente seguía respirando otras líneas del Quijote, “[…] no ha mucho que vivía un hidalgo de los de lanza de astillero […]” Con quien sí volví a concentrarme, fue en su siguiente compañero y estudiante, producto de su taller literario, quien quiso compartir un cuento de su autoría. El relato trataba de una pareja pobre y recicladora, y me pareció que todos sentíamos que había poesía en esa historia, a pesar del mal olor que brotaba de la lectura, de las bolsas de basuras y demás. Recuerdo también una escena casera donde la pareja se está bañando para quitarse la suciedad del cuerpo y el champú llega a ser como una especie de protagonista. Tal vez mi memoria esté agrandando o aminorando lo acontecido, pero ya lo dijo Borges en el comienzo de su cuento Ulrica: “Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo.” Lo cierto fue que las horas pasaron y una conversación entre casi todos los presentes fue lo que se impuso, para cerrar después con saludos y fotos por doquier.

Hay algo curioso en este crítico literario que nos visitó en ese 2014, la curiosidad de que a pesar de que estudió derecho en la Universidad Externado de Colombia, lo que más se le nota es su fijación y pasión por la literatura, no solamente por ser egresado del Instituto Caro y Cuervo en Literatura Hispanoamericana, sino también por su intensa investigación en estudios literarios —como vimos al comienzo—, por los primeros puestos que ha alcanzado en concursos de narrativa a nivel nacional e incluso internacional, por haber sido jurado de concursos de literatura en todos sus géneros dentro y fuera del país, por ser colaborador del Diccionario Enciclopédico de las Letras Latinoamericanas de la fundación Rómulo Gallego, por dedicarle tiempo y con igual intensidad, a los seminarios y talleres que impartió sobre fotografía, cine y teatro, publicando también en diarios y revistas de talla nacional e internacional.

Transcurridos cuatro años, algunos docentes tuvimos que enfrentarnos ante una lista mental de escritores insignes del Huila, para colocarle el nombre a una biblioteca que se había creado en ese instituto[1] donde yo trabajaba como profesor. Mientras mis colegas debatían, yo imaginaba el final de ese lejano encuentro, bajando las escaleras de un tercer piso, al paso lento del escritor invitado, comentándole mis apreciaciones sobre uno de sus libros que había comenzado a leer hacía poco, así lo recordé cuando comencé a escuchar, de parte de mis compañeros de trabajo, el nombre de pila de quien había visitado en varias ocasiones nuestra tertulia en la escuela y en quien pensaba yo en esos momentos, el hombre que incluso había revisado un cuento de mi rectora escrito en 2015, el maestro que había forjado con sus talleres a escritores como Gerardo Meneses Claros y tantos otros. Fue cuando la revelación y la epifanía hicieron presencia, fue cuando tuvimos claro que la imagen que debería ir en la entrada de la modesta biblioteca, sería la de aquel hombre de setenta y siete años cumplidos, y que muchos conocemos y respetamos bajo el nombre de: Isaías Peña Gutiérrez.


[1] Instituto San Juan de Laboyos, de Pitalito Huila.

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